ILa democracia hay que defenderla, no porque sea el peor régimen con excepción de todos los demás, ni porque asegure el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, ni siquiera porque realice la promesa de una sociedad libre de la dominación y regidos por principios de justicia válidos para todos.
Si hay que defender la democracia es, en primer lugar, porque mantiene la posibilidad de vivir en un espacio público digno, organizado en torno a una conversación en la que cada voz es igual a cualquier otra y permite debatir abiertamente los problemas públicos y resolverlos como colectivamente como sea posible.
Esta concepción extensiva de la democracia es ampliamente compartida, pero no por los gobernantes que pretenden reclamar el monopolio sobre la definición de cómo deben vivir los miembros de una sociedad; particularmente en un mundo vulnerable por el regreso de la guerra, la proliferación de dictaduras, el aumento de la violencia, el rechazo de la legitimidad del derecho internacional y las instituciones que lo hacen cumplir, la negativa a ratificar los resultados de una elección.
Dominio propio y obediencia
Entramos en serie en una zona de turbulencias políticas que exigen la frialdad de los líderes aconsejados y la obediencia de sus subyugados. Es en nombre de estas amenazas que los gobiernos se creen con derecho a ignorar las demandas de los ciudadanos, a reducir el espacio de las libertades públicas, a sofocar las voces críticas.
Defender este frágil arreglo que es la democracia como “forma de vida” no implica denigrar la democracia como sistema representativo basado en la elección, el debate parlamentario, la separación de poderes. Se trata, en primer lugar, de denunciar el desprecio que los poderes públicos manifiestan hacia los ciudadanos y su capacidad de demostrar una inteligencia colectiva para tomar decisiones en pro del bien público. Es comprender la doble amenaza de la antidemocracia, sobre la expresión popular y sobre las instituciones de la República.
Porque el pensamiento de la antidemocracia no puede reducirse a una afirmación casual y violenta del privilegio de los poderosos. Y no siempre presenta el ritmo alarmante que es un precio en Estados Unidos o en Brasil. Puede informar, de manera más insensible, de las acciones tomadas por los gobiernos electos luego de una revisión honesta y respetuosa del estado de derecho.
“El poder está acampado en un autoritarismo que, bajo la apariencia de sentido común, pedagogía, protección, atrofia el espíritu de la democracia”
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