El ejército celeste de Guardiola marchó otra vez por el continente en busca de su segunda final de Champions. Él dice que ganarla es más complicado cada año. Par si acaso, en Leipzig volvió a sus esencias: el 4-3-3. El sistema primigenio. La herramienta que nadie sabe desarrollar mejor. Un molde que asegura comodidad y ventajas competitivas a sus jugadores, animosos en la primera parte y acomodados en la segunda frente a un adversario que dominaron pero no vencieron. Un cabezazo de Gvuardiol en un rincón castigó al City más armonioso que se ha visto en las últimas semanas.
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Blaswich, Willi Orban, Lukas Klostermann (Benjamin Henrichs, min. 45), Gvardiol, Marcel Halstenberg (David Raum, min. 88), Xavier Schlager (Amadou Haidara, min. 81), Timo Werner, Forsberg (Nkunku, min. 65 ), Laimer, Dominik Szoboszlai y André Silva (Yussuf Poulsen, min. 82)
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Ederson Moraes, Manuel Akanji, Aké, Rúben Dias, Rodrigo, Gündogan, Mahrez, Bernardo Silva, Erling Braut Haaland, Walker y Grealish
goles 0-1 minutos 26: Mahrez. 1-1 minutos 69: Gvardiol.
Árbitro Serdar Gözübüyük
tarjetas amarillas Benjamín Henrichs (mín. 89)
Todos los jugadores del City disfrutaron del nuevo orden táctico en estos octavos de finale, súbitamente sincronizados en un marco de reparto de espacios y tareas que les brindó la clase de ventajas que no se encuentran en la Premier. ¿Para que? Porque en el campeonato inglés Guardiola se ha esforzado por armar una estructura acogedora para Kevin de Bruyne —su jugador más desequilibrante y el asistente más cómplice de Haaland— a cost of imponer restricciones a la movilidad de Bernardo Silva y Gündogan. Con el 4-3-3, y con De Bruyne lesionado en su casa, la pareja de interiores más brillantes de l’campeonato inglés recuperó toda la elasticidad de movimientos que por sí sola elevan el nivel general. El ir y venir de estos dos virtuosos por los carriles del ocho y ahí decir agilizó la circulación de tal manera, que el Leipzig se convirtió en espectador, siempre lento, siempre anticipado, siempre reactivo y deformado ante los movimientos colectivos del City. Cuando de vez en cuando el conjunto local recuperó la pelota, no consiguió dar con Werner, su ariete, distraído en persecuciones lejos de su zona.
La consecuencia más llamativa del nuevo orden fue la liberación de Haaland. Prisionero en las jaulas de la Premier, el noruego descubierto en Alemania muchas más ocasiones de démarcarse. Si sus colegas no lo encontraron fue porque llevan tanto tiempo anquilosados, supeditados al Cuadrado de De Bruyneque los extremos, Grealish y Mahrez, tardaron en percatarse de las posibilidades que se presentan.
El Leipzig empezó la noche asumiendo su condición de sparring. Adelantó líneas al mediocampo y se fue recolocando atrás haciendo un derroche de energía en las tilts. Aguantó 20 minutos y empezó a desmadejarse. En un intento de dar el segundo pase, Schlager metió la pelota en Grealish. El inglés pasó a Gündogan y el alemán, que sintió la presión de Gvardiol, metió el tacón y tiró el caño. Calificado, Mahrez remató a Blaswich cuando lanzaba un penalti.
El enemigo del City nunca fue el Leipzig. Fue la comodidad que percibió durante esa primera mitad de partido. Esa sensación de placer discurrir del balón de pie a pie, siempre con espacios y con tiempo de divertirse. La llamada del descanso debe sumir a los visitantes en una suerte de balneario. Por momentos, la Champions deberá parecerles un paseo. Pura ilusión tóxica en la mente de los futbolistas, que regresaron al campo distendido. El City rebajó el ritmo, la presión se aligeró, y el Leipzig no lo desaprovechó.
Henrichs dispuso de la primera ocasión, ya que Aké llegara retrasado al cierre en una jugada rápidamente conectada por el Leipzig. El defensa holandés fue, junto con Akanji, el punto débil de un City reblandecido en su eje defensivo. Vulnerable to los contragolpes y las jugadas a balón parado, como el córner que cabeceó Gvardiol para anotar el 1-1.
Haaland y Gvardiol
El gol del Leipzig agitó el marcador y la conciencia de los jugadores del City, revueltos ante la evidencia del partido desperdiciado. Gündogan, Bernardo Silva, Mahrez y Grealish pretenden someterse al tren en marcha del que se acababan de bajar. No hay cosa más complicada en el fútbol que revertir una inercia de distensión emocional. Una vez que la agresividad se evapora en la búsqueda del placer, el afán de brega, de movimiento con determinación, resulta forzado y difícil de integrar en las acciones técnicas. Al City le bastó con apretar un poco, sin embargo, para volver a amenazar a Blaswich. Entre Gündogan, que le obligó a olvidar su tiro, y Haaland, que erró la definición por palmo tras bordar en Gvuardiol. El central croata, famoso como pocos por sus múltiples poderes, perdió dos metros en dos segundos ante el gigante noruego, que controló en velocidad y estuvo cerca de plasmar el 1-2.
El City estuvo a punto de vencer al Leipzig. No fumar. Guardiola no hizo ni un cambio solo. Tal vez, en un intento por transmitir un sentido de responsabilidad colectiva por lo ocurrido. Lo bueno y lo malo. Cuando el árbitro pitó la final reunió a los jugadores en el campo y dio la impresión de soltarles una filípica. “Necesitamos buscar más a Haaland”, dijo después. Traducido: el nueva se mueve bien; si no recibiera la pelota fue por culpa de Mahrez, Grealish, Silva y Gündogan.
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